sábado, 10 de septiembre de 2016

Tampoco, jamás, nunca, no habría...

Tiendo a embelesarme con el cielo anaranjado y quisiera capturar todos los atardeceres del mundo; a pasear y maravillarme con los jardines de flores malva, de margaritas, de rosas.
También tiendo a fijarme en personas, en sus rostros y gestos, me gusta preguntarme en qué estarán pensando, en si echarán a alguien de menos, en si están enamorados, en si están tristes.
Al mismo tiempo pienso en el poder de las casualidades, de los miles de millones de personas que podrían hacernos felices, que se volverían inolvidables, que se volverían imprescindibles.
Todas las personas y todos sus recuerdos, sus vidas, sus planes de futuro.
Tú parecías una de esas historias, esa idea de imposibilidad.
No descubrir nunca de qué lado duermes, qué películas te habían hecho llorar, o cuál era tu banda sonora en los días de lluvia.
No conocerías mis pesadillas, mis sueños, ni te quedarías a mi lado a ayudarme a alcanzar mis metas.
No habríamos dicho nunca la misma frase a la vez, ni te habría enseñado los fragmentos que tengo subrayados en mis libros favoritos.
No sabría jamás lo guapo que estás recién levantado un domingo por la mañana.
Tampoco sabría lo que es verte mientras conduces, ni me habrías dicho nunca que podemos tener un accidente por querer darte un beso mientras lo haces.
Tampoco habría escuchado cómo suena un te quiero de tus labios.
Ni habría dejado una nota en la ventanilla de tu coche para que la vieras al salir y supieras que no podía dejar de pensar en ti.

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